De Paris a Cadiz

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Habíamos mirado en nuestros relojes con una cierta satisfacción por ver que aún los poseíamos, y teniendo en cuenta las variaciones propias de este pequeño instrumento cuando se encuentra en compañía de sus semejantes, habíamos establecido que debían ser entre las diez y las diez y cuarto. Si andábamos a un ritmo razonable, poniendo una hora por legua, debíamos estar en Aranjuez a la una.

Una cosa nos consolaba, y era que al regresar de Sevilla a Madrid, Giraud y Desbarolles habían hecho la misma ruta que habíamos de hacer y por ende iban a servirnos, no de guías, puesto que seguíamos una carretera principal, pero sí de cicerones. Partimos, pues, alegre y ligeramente, riendo de los peligros corridos, como es costumbre entre nosotros los franceses, una vez que el peligro ha pasado, y a menudo incluso durante el peligro.

Hasta don Riego reía; desde que tenía una mula y estaba por ende seguro de no tener que hacer la ruta a pie, don Riego se encontraba mucho mejor. Caminamos así dos horas, sin darnos mucha cuenta de que hacía dos horas que estábamos en ruta. Por fin Maquet sacó su reloj. Maquet, el más serio y el mayor de todos nosotros, era universalmente reconocido por poseer, por analogía, el reloj más exacto. Maquet sacó entonces su reloj.

—Las doce y cuarto —dijo—; debemos estar cerca.


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