De Paris a Cadiz

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—¡Naturalmente! —dijo Desbarolles—, claro que debemos estar cerca, ya hicimos más de tres leguas francesas.

Esta respuesta, en la que no veíamos ni evasión ni evasiva, nos bastó, y volvimos a ponernos en ruta más alegres y contentos que nunca. Sin embargo, al cabo de una hora, Achard se detuvo y dijo:

—Oh, sí pero…, sí pero… ¡Desbarolles!…

Todos comprendimos perfectamente la interpretación de Achard, y esperamos la respuesta del intérprete oficial.

—Cuando vean un gran sendero arbolado —dijo Desbarolles—, tengan por seguro que estarán cerca de Aranjuez.

Esta respuesta fue recibida con menos favor que la primera; veíamos en ella algo de incierto y confuso.

Por otra parte, hasta donde llegaba la vista el campo no era más que una inmensa landa. Caminamos una hora más. Comenzaban a alzarse las murmuraciones.

—Señores —dije—, propongo una cosa: cortar hierbas y arbustos, hacer con ellos una gran pila, prenderle fuego, enrollarnos dentro de nuestros abrigos y dormir junto al fuego.

La mayoría fluctuó un instante y se unió a mi propuesta.


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