De Paris a Cadiz

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—Señores —dijo Desbarolles—, reconozco perfectamente el lugar, lo recorrimos al día siguiente de la muerte de nuestro pobre lebrel, y ese día hicimos dieciocho leguas. Así que estábamos más cansados de lo que ustedes están ahora. El mismo Giraud se sentó sobre la piedra en la que el pequeño Dumas está sentado en este momento. ¿Lo recuerdas, Giraud?

—Perfectamente. Pero nada de bromas —respondió Giraud—, ¿y entonces, Desbarolles?

—Falta una media hora para alcanzar la arboleda.

—¿Y una vez alcanzados los árboles? —pregunté.

—¡Ah! —soltó Giraud—, una vez que lleguemos a los árboles, de hecho estaremos cerca de Aranjuez.

La respuesta no era exactamente la que hubiésemos deseado, pero al fin y al cabo nos dió algún coraje, y volvimos a ponernos en marcha, pero esta vez con la calma de los viajeros que se aprestan a una seria lucha con ese gran atleta llamado el cansancio.

Al cabo de una media hora, efectivamente, vimos dibujarse unos árboles en el horizonte, y una majestuosa senda de olmos y de robles se extendió a nuestra derecha e izquierda. Esta visión nos devolvió, si no el buen humor, al menos el coraje. Caminamos cuarenta minutos más o menos.

—Es endemoniadamente largo su sendero arbolado —dijo Boulanger.


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