De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Llamé en mi ayuda al intérprete Desbarolles, quien puso su carabina en bandolera y me acompañó a ver al señor alcalde. El alcalde era un simple tendero. Parece que la acumulación de funciones es tolerada en España. Creyó que veníamos a hacerle un pedido de regaliz o de azúcar rubia, y se llevó una desagradable sorpresa cuando supo que era al alcalde a quien buscábamos, y no al comerciante.
Pero, rindamos honor a la justicia española, el digno hombre no prestó menos atención a nuestros dos discursos; y, como habría hecho el difunto Salomón si se hubiese encontrado en su lugar, decidió que sólo debíamos pagar coche y mayoral hasta el momento en que habíamos volcado; teniendo en cuenta que habíamos alquilado el coche para ir en coche y no para andar a pie. Esto hacía una diferencia de unos sesenta francos que fueron recibidos de maravilla por el cajero Giraud y el economista Maquet. Saludamos al alcalde con el título de justo, y fuimos a encontrarnos con nuestros compañeros en la plaza.