De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz El Parador de la Costurera es uno de esos lugares, Madame, ya que nunca entraron en él viajeros tan hambrientos, tan cansados, tan feroces como nosotros. Por eso, a pesar de la famosa escena nocturna con los dos muleteros peregrinos, en la que la carabina Devisme jugó un papel tan glorioso, y que dió lugar a ciertos detalles acerca de nuestra antropofagia que son, en este momento, el objeto de las conversaciones de todo Aranjuez; por eso, a pesar de mi querella con el mayoral del coche verde y amarillo, querella en la que el digno alcalde hizo resplandecer mis derechos mediante un juicio digno del rey Salomón; a pesar del sol de oro de la fuente del palacio, a pesar de las lavanderas del Tajo y las estatuas rococó del puente, tal vez incluso —qué vamos a hacer, Madame, el hombre es tan extraño—, tal vez incluso a causa de todo esto, llegué casi a amar esta triste ciudad de Aranjuez, donde encontramos el Parador de la Costurera, es decir, pan, vino, camas y venganza.
Le he dicho cómo nos despedimos de esta ciudad, Madame, llevados por el galope de ocho mulas, y cómo nos acomodamos lo mejor que pudimos para dormir, siendo que la noche precedente había estado lejos de aportarnos la porción de sueño necesaria al viajero cansado. ¡Y bien! Madame, compadézcase de nosotros; a pesar de estas precauciones tan bien tomadas, estaba decidido que no dormiríamos.