De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Granada es una ciudad de casas bastante bajas, de calles estrechas y tortuosas; sus ventanas, abiertas por completo y casi siempre sin ornamentación, están encerradas por balcones de hierro de rejas entrecruzadas, y a veces entrecruzadas de tal modo que a uno le sería difícil pasar el puño a través de los intersticios de esas rejas. Es bajo esos balcones donde van a suspirar por la noche los enamorados granadinos. Y en lo alto de esos balcones las bellas andaluzas escuchan las serenatas; porque, no se engañe, Madame, estamos aquí en plena Andalucía, la patria de los Almaviva y de los Rosine, y todo sigue siendo como en los tiempos de Fígaro y de Susana.
Giraud y Desbarolles asumieron la responsabilidad de nuestro alojamiento. Ni el uno ni el otro creyeron que volverían a ver Granada, así que saludaron cada casa con gritos de alegría. El hecho es, Madame, que comienzo a creer que hay una felicidad mayor que la de ver Granada, y es la de volver a verla. En consecuencia, Giraud y Desbarolles nos condujeron a casa de su antiguo hospedador, el señor Pepino. Así lo bautizaron ellos. No me pregunte por qué, Madame, yo lo ignoro. Este buen hombre vive en la calle del Silencio. Con compañeros tan ruidosos como nosotros, la calle del Silencio corre peligro de cambiar de nombre.