De Paris a Cadiz

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Maestre Pepino tiene una casa de pupillos,[73] algo semejante a ciertos hoteles de los alrededores de la Sorbona, que dan comida y alojamiento a nuestros estudiantes. Todavía no sé qué pupilos eran los de maestre Pepino. Si me entero algún día, Madame, tendré el honor de hacérselo saber. Apenas entramos en la casa preguntamos por los baños. Maestre Pepino nos miró con asombro, y repitió: ¡Baños, baños!, como quien no entiende absolutamente nada de lo que se le quiere decir. No llevamos más lejos la indiscreción.

Procedimos pues a instalarnos, no pudiendo proceder a otra cosa. Maestre Pepino obligó a mudarse a tres o cuatro pupilos, y nos entregó sus cuartos.[74] De resultas de esta maniobra tengo para mí solo una pequeña y bonita habitación desde la cual le escribo. Nuestros compañeros, al menos por lo que oí decir, también están más o menos acomodados. Debo decirle, Madame, que nuestra llegada era esperada. Creo que Monsieur Monnier había escrito para anunciarla. De ello resultó que una hora después de mi llegada, y mientras le escribía a usted, recibí una delegación de los redactores del diario El Capricho, quienes me trajeron hermosos versos impresos en oro sobre papel de color. Tomé una sencilla hoja de papel blanco, pues no tenía otra, y respondí a su amabilidad con esta décima,[75] que al menos habrá tenido a sus ojos el mérito de la improvisación, si es que no tiene otro.


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