De Paris a Cadiz

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Al instante enfilamos hacia aquel objetivo. Pero delante de esa puerta existía un objeto que atraía toda nuestra atención. Ese objeto era una especie de cobertizo, ocupado por algunos individuos de ambos sexos, rodeados por una miríada de niños, unos de pie, otros sentados. Cada uno de nosotros se preguntaba qué podía ser esa casucha, y qué haría aquella multitud de gente menuda que parecía saborear con deleite algún alimento cuya naturaleza la distancia nos impedía distinguir. Todas las inteligencias de la tropa se aplicaban, aunque inútilmente, a ese gran problema. Un rayo me iluminó. Recordé Nápoles. «¡Giraud!, grité, ¡cocomeri, cocomeri!».[105] También usted recuerda Nápoles, Madame; y bien, ese cobertizo pertenecía a un vendedor de sandías, y toda esa población se emborrachaba, como Arnal, con sandía. Todo desapareció instantáneamente a nuestros ojos, Madame, Córdoba, sus murallas, su mezquita, su puerta, su palmera, sus recuerdos; nos precipitamos hacia el cobertizo gritando:

—¡Cocomeri, cocomeri!

Estábamos armados, y con un aspecto, hay que decirlo, bastante poco tranquilizador, sobre todo después del viaje por aquellas tierras: los niños fueron los primeros en tener miedo, y huyeron lanzando gritos inhumanos; los hombres los siguieron llevando sus sandías más grandes, que esperaban salvar también. Sólo una mujer se quedó.


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