De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz No conozco a nadie que haga frente a las invasiones con más valor que una mujer muy fea, a excepción de una mujer muy bella. Nuestra heroÃna era muy fea. ParecÃa resignada a todo. Desbarolles le explicó en un castellano muy excitado que éramos honestos viajeros muertos de sed, y que nuestra mayor ambición por el momento era tener cada uno una sandÃa, pagándola, claro está. La pretensión le pareció de lo más justa a nuestra vendedora, que puso todo su negocio a nuestra disposición.
¡Ah!, Madame, si nos hubiese visto abalanzarnos sobre las sandÃas, tres dÃas antes objeto de nuestro desdén, cuando Pepino se aventuraba a deslizar una sobre nuestra mesa, ¡qué reflexiones sin fin hubiese inspirado esta lamentable visión a su espÃritu tan filosófico! Sólo el miedo a la hidropesÃa nos detuvo. Giraud y Alexandre habÃan comenzado su tercera sandÃa, cuando mis espantosas predicciones se las hicieron caer de la boca a medio devorar.