De Paris a Cadiz

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—¡Bueno, tenemos para dos horas! —dijo Alexandre.

—Hay una cosa muy sencilla —respondí.

—¿Cuál?

—Dejaremos las llaves a Paul, dejaremos a Paul con los muleteros, a los muleteros con el equipaje, y Paul, los muleteros y el equipaje se reunirán con nosotros en el hotel de la Posta.

En Granada nos habían indicado por anticipado el hotel de la Posta como aquél en el que deberíamos descender. «¡Bravo!», gritaron todos.

Nos precipitamos por la puerta. Al otro lado de esa puerta había una aglomeración popular. El gentío nos esperaba; los chiquillos fugitivos nos habían anunciado, y los curiosos, bastante poco entretenidos en su ciudad de Córdoba, se habían amontonado en nuestro camino para darse la satisfacción de vernos. Presentamos nuestros pasaportes al cuerpo de guardia, mientras que nuestras mulas con nuestros muleteros se detenían en la aduana. Esos dos establecimientos, aduana y cuerpo de guardia, están situados cada uno en un costado de la calle. El oficial se encontraba en el recinto; nos saludó amablemente y, después de echar una mirada a mi pasaporte, casi no revisó el de mis compañeros:

—Pasen, señores, pasen, los esperamos desde hace tiempo.

—¿Nos esperan?


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