De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Entretanto, se hace oír la inexorable voz del postillón, la portezuela se cierra, las manos se estrechan una última vez, y el coche se echa a volar. Todavía se saluda con la voz, con los ojos, con gestos y con el corazón; luego, cuando el coche desaparece en la primera curva del camino o dentro de la nube de polvo que ha levantado, el nuevo amigo ya dejado de lado regresa a casa con una parte de su corazón que lo tironea hacia la ruta que el coche ha de recorrer, y que por aquellos que la surcan se le hace su patria. Durante algún tiempo todavía los viajeros hablan de quien tan bien los ha recibido; poder ser sus anfitriones un día se les figura una fiesta; pero las ideas cambian con el paisaje, la conversación vuelve a ser como era al entrar en la ciudad; los viajeros forman un cuerpo tan compacto y bien armado, que la melancolía sólo puede penetrar en él por azar y se ve forzada a una rápida retirada; sólo se tiene tiempo de viajar, no de estar triste, y poco a poco el exilado desaparece en los mil detalles del horizonte que se desdibuja; y él mismo, al no contar ya con la presencia de los viajeros para alimentar sus proyectos, retoma su vida acostumbrada, sueña de vez en cuando con aquellos que ha visto y, bajo la impresión de los recuerdos, les escribe una carta que les llega un día en medio de impresiones nuevas, y despierta su nombre, si no muerto, al menos adormecido en el corazón. Esto es algo que nos sucedió muy a menudo, a nosotros que hemos viajado mucho, y que ha de sucedemos nuevamente con Perez, si las cosas siguen su curso periódico y normal. ¿Es cosa feliz o desdichada? Todo lo que podemos decir es que es verdadera.