De Paris a Cadiz

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En cuanto a Paroldo, Madame, cuya exquisita distinción y maravillosa dulzura me haría feliz poder pintarle, si no temiera que, desde el lugar donde le escribo, después de haber pasado por las manos de usted, esta carta llegara hasta las suyas, e intimidara su sincera modestia; en cuanto a Paroldo, era casi un exilado como Perez. Jamás un rostro tan benévolo estuvo teñido de una melancolía tan continua. Paroldo no es francés ni español, es italiano; pero Paroldo ha estado en Francia, y durante los tres años que pasó allí se formó una tal costumbre y una tal necesidad de nuestro país, que al vernos venir nos tendió la mano como a compatriotas y nos habló de nuestra patria como de la suya; sólo que nos hablaba de ella con todas sus ilusiones de muchacho, y como de un sueño que hubiera tenido. Esa vida parisina, ruidosa, rápida, fantástica, con la que había ido a mezclarse durante tres años, y que sólo ofrece su lado brillante a aquellos que la visitan de paso, se había poetizado hasta tal vez en exceso en su ardiente imaginación. Paroldo tiene en Córdoba una familia que no puede vivir sin él, y que tiembla ante su más mínima ausencia, familia que él ama, y que siempre lo tiene inquieto cuando está lejos de ella. El deseo de volver a ver París y el temor de dejar a sus amados parientes se disputan pues eternamente a nuestro nuevo amigo; pero como el corazón es más fuerte en él que el deseo, la amistad más fuerte que el capricho, se queda; pero se queda un tanto melancólico y con los ojos vueltos hacia el país de donde las golondrinas regresan en septiembre.


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