De Paris a Cadiz

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Ahora debo decirle todo, Madame. En medio del espanto general que mi acto de inconveniencia desparramó a mi alrededor, como seguía solo y abandonado por mis propios amigos, bastante incomodado por mi actitud, vi avanzar una linda y pequeña mano, y una voz temblorosa me dijo en español: «Para el honor, señor». Al principio no comprendí, lo confieso, pero la pequeña mano siguió avanzando, y la voz más temblorosa repitió las mismas palabras. Tomé esa mano y la besé con lágrimas en los ojos.

—Gracias, Carmencita —le dije.

—¿Sabe mi nombre? —contestó ella.

—¡Usted sabe el mío!

—¡Oh!, pero el suyo es diferente, lo conozco desde que sé leer.

Más sabia que las otras, Madame, Carmen no pelaba la pava o bien no la dejaba pelar. Por eso la pobre niña había tenido la audacia de darme a besar su mano. Esta pequeña escena había traído cerca de mí a las señoritas Pietra y Anita; ellas aceptaron recibir mis cumplidos y responder a ellos, mientras la pobre Carmencita se retiró tras una bambalina, y apoyada contra un bastidor, me miraba sonriendo.

Entretanto, mientras yo conversaba con estas damas, era evidente que algo se tramaba. Buisson vino hacia mí.


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