De Paris a Cadiz

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Al descender de la escena fui a visitar al señor conde de Águila en su palco, donde era yo visiblemente esperado; el conde estaba allí con su mujer y la hermana de su mujer. Me presenté con alguna inquietud; temía que esas damas no hablaran nada de francés, y mi español está tan lejos de ser irreprochable, que no lo aventuro sino con extrema circunspección. Me vi muy agradablemente sorprendido: la hermana de la condesa me hizo los honores del palco en un francés que yo hubiera encontrado notable incluso en París. Indagué y supe que se hallaba en Sevilla desde hacía tan sólo tres semanas: venía del Sacré-Coeur.

Se representaba un sainete. Los actores andaluces, que actúan muy mal las piezas de Scribe que componen la base de su repertorio, actúan maravillosamente los divertimentos nacionales llamados sainetes. Yo lo sabía, por eso había armado mi espectáculo con dos sainetes y no sé cuántas danzas. El espectáculo duró hasta cerca de medianoche. La sala estaba llena. El director quiso atribuirme esta feliz influencia sobre la facturación, y me invitó a regresar dos días después. El teatro de Sevilla funciona sólo cuatro veces por semana. Aquello me ponía en la imposibilidad de rehusar, así que acepté. Mañana será un día tan ocupado, Madame, que no sé si tendré tiempo de escribirle.


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