De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Ha de comprender que a personas que llegan de Córdoba en diligencia, no había que hablarles de Sevilla; tenían derecho a sus doce horas de sueño. Se acostaron en cuanto terminaron de cenar, y roncaron apenas estuvieron acostados. Giraud había hecho preparar en su apartamento una cama para su amigo Desbarolles; yo había reservado para Alexandre una habitación junto a la mía. Fue una buena idea tomar precauciones: había una invasión en el hotel de Europa: cuatro nuevos franceses habían llegado. Esta vez éramos catorce a la mesa, tanto de la langue d’oil como de la langue d’oc. Por eso el ciego, al oírnos reír ante una misma mesa como nunca había oído reír a sus compatriotas en toda su vida, tocó apasionadamente su guitarra, y tuvo el mayor de los éxitos. Todavía no le he hablado de nuestro ciego, Madame, cometí un error: nuestro ciego es todo un tipo. En primer lugar, canta como un ciego e incluso mejor que un ciego. Y además, rasca la guitarra como no he oído hacerlo a nadie. Nuestro ciego, debo decírselo, es sencillamente un mendigo.