De Paris a Cadiz

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Además, Madame, mientras cenamos, y cada vez que nuestra conversación decae, nuestro guitarrista es un hombre lleno de tacto: acomete La Manchega, o Los Toros, o cualquier otra canción castellana o andaluza, mitad hablada, mitad cantada, y con las más extrañas contorsiones del rostro, con el acento más variado, la conduce a buen fin, para gran satisfacción de todos nosotros. No hace falta decir que cuando reímos o hablamos, él calla religiosamente. El ciego se convirtió, pues, en un plato de nuestra cena; el plato se paga aparte, eso es todo, y no es el más caro, aunque en mi opinión sea uno de los mejores. No tome esta última frase como una acusación contra Rica, Madame; Rica se mantiene a su altura. Sólo que hay sillas que se rompen cuando uno se sienta en ellas. Hoy, con grandes reproches, le hice renovar el mobiliario de mi salón; si yo no hubiese tomado la iniciativa, y si no le hubiera hecho comprender que arriesgaba la vida de sus viajeros, negligencia o incluso imprudencia de la que los viajeros podían quejarse, es evidente que uno de estos días me hacía pagar seis sillas cuyos restos yacían dispersos por el lugar.






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