De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Cien pasos más allá de las puertas de la ciudad, que nuestros dos arreos llenaron de ruido, el señor conde de Águila nos esperaba en la puerta de una pequeña posada, donde se acostumbra a beber de pasada un vino de Jerez. El vino era bueno, y la forma de los vasos muy bonita. Todos esos señores, unos veinte aproximadamente, iban a caballo con el traje andaluz; estaban armados con largas lanzas de picador. El traje del conde de Águila, aunque de una sencillez notable, y tal vez a causa de esa misma sencillez, era de un gusto perfecto. También su caballo, aunque un poco cansado, como todo caballo al cual se quiere hacer correr toros, bajo su pequeño galope alzado tenía un porte excelente. El conde de Águila tenía ese caballo especialmente para el ejercicio al que íbamos a verlo entregarse. El conde de Águila es tenido por uno de los mejores picadores de España.