De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz En España, Madame, no es nada raro, aparte de los jinetes de plaza de quienes ya le he hablado y que no surgen sino en las grandes circunstancias, no es nada raro, Madame, ver a los gentilhombres correr toros por placer, a causa de una apuesta o por el honor de las damas, como se decía en tiempos de la caballería. Algunos caballos de mano habían sido llevados para aquéllos de nosotros que prefirieran seguir la corrida a caballo. Giraud y Desbarolles aprovecharon el ofrecimiento, pero rechazaron la lanza que se les ofrecía al mismo tiempo. Nos pusimos todos en marcha a través de la llanura; los caballos y las mulas españoles no son tan delicados como los nuestros, que necesitan caminos; pasan por todos lados y con ellos el coche que arrastran, el cual, hay que decirlo, ha sido casi siempre confeccionado teniendo en cuenta estas circunstancias extremas. La cita era a orillas del Guadalquivir, en una llanura bastante inculta, que parecía sembrada de una hierba corta y seca, sobre la cual se elevaban de tanto en tanto matas de cardos. Esta llanura estaba dominada por una colina, que a su vez estaba dominada por un convento. Un gran parque cerraba el horizonte con un muro, sobre el cual se elevaban algunos árboles bellos. El lugar hacia el cual nos dirigíamos formaba, pues, una especie de arena cuadrada, cerrada en una de sus caras por los espectadores, en la otra por el Guadalquivir, y en la tercera por la colina y por el muro del parque. La cuarta cara estaba libre; por ésa debían entrar los toros. Se los veía a lo lejos en bandas de cinco o seis, pastando pesadamente en la llanura, levantando de tanto en tanto la cabeza y emitiendo, con el cuello en tensión, un mugido prolongado. El conde de Águila se llevó doce o quince caballeros con él, formó un gran círculo y encerró a los toros dentro de ese círculo, como hacen los batidores con las presas de caza. Mientras se tomaban esas disposiciones, los toros manifestaban signos visibles de inquietud; volvían la cabeza hacia el costado, bramaban y se golpeaban los flancos con la cola. Cuando vieron acercarse a los jinetes, los más previsores se pusieron en movimiento, algunos otros manifestaron inquietudes mayores, pero parecieron decididos a no abandonar sino en un caso extremo la pastura que habían elegido; por último, otros más ignorantes o más filósofos, no parecieron haber notado nada. Pero los segundos siguieron pronto a los primeros; sólo quedaron los despreocupados. Éstos se pusieron en marcha, a su vez, cuando comenzaron a oler el hierro de la lanza. Una manada de unos sesenta toros avanzaba entonces al trote corto dentro del círculo, y corriendo pesadamente, mirando a derecha e izquierda, a un lado la muralla de piedras, al otro lado una muralla de espectadores. No podían ver el tercer obstáculo invisible, el Guadalquivir encajonado en sus orillas, pero lo sentían, pero sabían que estaba allí. Cuando los toros estuvieron reunidos, cada quien tomó el suyo y comenzó la corrida. Eran animales de cuatro o cinco años, destinados a la plaza de toros. Esta corrida era una especie de ensayo que se hacía de su futuro coraje. Los que iban a merecer los honores de la muerte en el campo de batalla serían marcados inmediatamente; aquéllos que serían reconocidos como débiles o cobardes eran destinados de antemano y sin piedad a la carnicería.