De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz El conde de Águila, que dirigía la corrida, picó al primer toro; el animal, para escapar del dolor, emprendió la carrera; entonces el conde lo siguió, apurando el galope de su caballo a medida que el toro apuraba el suyo; luego, en cuanto toro y caballo estuvieron bien desbocados, en el momento en que los cuatro cascos del toro abandonaban la tierra al mismo tiempo, el conde extendió la mano y lo tocó con su lanza entre el nacimiento de la cola y la parte alta de una de sus ancas de atrás.
Al toro le flaquearon las cuatro patas, hizo tres giros sobre sí mismo, y quedó con el vientre al aire, completamente aturdido por lo que acababa de ocurrirle, tratando de comprenderlo, pero inútilmente. El conde aguardó un instante, para ver si el vencido se levantaría y volvería al combate; pero el toro, después de haber recuperado su centro de gravedad, permaneció sentado con un aire mucho más pensativo que el que había tenido acostado. Era evidente que sus reflexiones lo absorbían, y que se trataba tal vez de un gran pensador, pero no de un valiente. Por eso el conde se dirigió hacia otro gritando: «¡A la carnicería! ¡A la carnicería!».