De Paris a Cadiz

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Entretanto, veinte luchas de la misma clase habían comenzado con más o menos éxito, según el grado de destreza de los picadores. Dos o tres toros, patas arriba como aquél cuyas desventuras hemos seguido, se habían puesto otra vez en pie y se habían vuelto hacia el picador; uno de ellos, incluso, estaba en un apuro, había puesto al galope a su caballo para huir y era perseguido por el toro, hasta que el conde tocó al animal con la punta de su lanza y lo envío rodando a diez pasos. Pero éste tenía auténticos instintos guerreros; se levantó por segunda vez, y regresó hacia el conde, que habiéndonos dado antes una lección de destreza como picador, nos dió una prueba de ciencia como jinete. Todo lo que habíamos visto hacer a Montes a pie para esquivar al toro, el conde lo hizo a caballo.

El caballo y el jinete parecían tener un único pensamiento, un mismo instinto incluso. La fábula del centauro se materializaba al cabo de diez minutos de esa lucha vana, el toro, cansado de las vueltas y rodeos que le había hecho hacer el conde, cayó sobre las dos rodillas delanteras. El conde no tuvo más que empujarlo con la punta de su lanza, y lo hizo acostar. Pero esa caída equivalía para el toro a una victoria, y fue asignado a la plaza.



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