De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz De tiempo en tiempo una avutarda de alas amplias se elevaba al borde del agua, y huía perseguida por una de nuestras balas. Una enorme gaviota pasó al alcance de mi carabina: le quebré el ala; cayó. Fue un acontecimiento: hicimos detener la embarcación, se echó al agua la chalupa, y se fue en busca del animal. El marinero volvió con las manos completamente ensangrentadas. El herido se había defendido magníficamente. La herida era grave; la amputación del ala fue decidida y ejecutada por un joven estudiante de cirugía que se encontraba a bordo. Después soltamos al animal, que se puso de inmediato a dar saltitos mirando a quienes lo rodeaban con aire más asombrado que temeroso. La gaviota tiene algo de águila; es la fragata en pequeño. Ese buen disparo que acababa de realizar había atraído a mi alrededor a buen número de espectadores, cuando de pronto me pareció percibir, entre todos esos espectadores que yo creía extranjeros, una cara conocida.