De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz No me equivocaba. En el mismo barco que nosotros, vestida de basquilla, con el largo velo de puntilla levantado por la peineta y cayendo hasta la cintura, estaba una joven que respondía al nombre de Julia, que habíamos conocido en una casa que no era precisamente una de las de mejor reputación de la ciudad. Esa joven se había enamorado, no sé por qué, de Boulanger. Habíamos hecho a nuestro camarada muchas bromas sobre esa pasión, y él se había defendido de ellas lo mejor que pudo, hasta que esta aparición volvió a poner a Boulanger a nuestra merced.
Admire la ingenuidad de la joven, Madame; aunque era muy conocida en Sevilla, no dudó un instante en venir a saludarnos con la encantadora sonrisa habitual en ella. No podíamos negar que la conocíamos; hubiera sido algo cobarde. Aceptamos la situación con valentía. Interrogada acerca del motivo de su presencia en el vapor, respondió ingenuamente que tenía a su madre en Cádiz que, desde hacía mucho tiempo deseaba hacerle una visita y que, al enterarse de que los franceses partían ese día, 19 de noviembre, hacia Cádiz, había decidido sacar pasaje en la misma embarcación que ellos para disfrutar más tiempo de su compañía, que le parecía muy preferible a la de sus compatriotas.
No había nada que responder a aquello, Madame; así que no respondimos nada, salvo que era ella muy amable.