De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Llegó la hora del almuerzo. Descendimos a la entrecubierta. Yo había supervisado la carta; la mesa estaba servida; tomamos nuestros lugares. Apenas pinchamos con nuestro tenedor la primera costillita, vimos aparecer en la escalera dos pequeños pies velados por un vestido negro; luego una mano con un abanico, luego un velo y, por último, una andaluza de cuerpo entero. Antes de haber visto el rostro, habíamos reconocido a Julia. Comenzábamos a arrepentimos de nuestra amabilidad; pero reflexionando sobre ello, nos dijimos que había pagado su pasaje al igual que nosotros, y que, en consecuencia, al igual que nosotros, tenía no sólo el derecho de pasear por el puente, sino también el de descender al salón comedor.
Sin duda Julia adivinó los sentimientos favorables que tomaban forma en nuestro espíritu; porque se acercó sonriendo, y vino a sentarse lo más cerca de Boulanger, ante la mesa que estaba junto a la nuestra. Allí pidió una taza de chocolate. Hubiésemos preferido que fuera a sentarse a otra parte, pero fíjese bien, Madame, no teníamos el derecho de decirle: «Váyase». Ella estaba allí al igual que nosotros por su dinero; podía almorzar, cenar, hacer todo lo que nosotros hacíamos. Sólo que estaba tan cerca de nosotros, que parecía estar almorzando con nosotros.