De Paris a Cadiz

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Así que de todas nuestras bocas escaparon naturalmente las siguientes palabras: «Mozo, un plato». Julia no se hizo rogar para nada: se veía que la pobrecita ignoraba por completo lo que era la resistencia. Lamentablemente, Madame, este gesto de urbanidad nos perdió: Julia se consideró desde entonces parte de nuestra sociedad. A duras penas se despidió de nosotros por la noche, y regresó por la mañana. No puedo decirle, Madame, cómo fue recibida por mis compañeros, pues desde la mañana me puse en carrera; tenía que hacer una visita a nuestro cónsul, monsieur Huet.

Sólo me queda el tiempo de decirle, Madame, que monsieur Huet es un hombre encantador. La hora del correo llega como llegan todas las horas fatales, es decir, al galope, y tengo que escribir a Córdoba a Paroldo, y a Sevilla a Buisson, para tener noticias de Alexandre. Usted sabe que Alexandre sigue más perdido de cuanto jamás lo estuvo Pulgarcito.







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