De Paris a Cadiz

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Julia volvió a la hora de la cena. Pero debe saber, Madame, que España es el país de las costumbres severas; los hospederos, sobre todo, son muy puritanos. El nuestro se escandalizó por esta triple visita, y a la tercera comunicó a Julia que no subiría. La pobre muchacha creyó que la orden procedía de nosotros y se retiró llorando. Pero como le habíamos parecido tan bondadosos, le asaltaron dudas acerca del posadero. Se le ocurrió escribirnos, y nos escribió. La carta reveló la descortesía de nuestro anfitrión. El buen hombre nos había prestado en realidad un gran servicio; pero, como usted bien sabe, Madame, hay servicios que a uno no le gusta que le presten. Éste formaba parte de esos que se piden, pero que no se aceptan sin haberlos pedido. Hicimos subir a nuestro anfitrión, y le dirigimos una larga amonestación acerca del respeto debido a las mujeres. Creíamos que el necio iba a disculparse. Todo lo contrario, Madame, asumió toda la responsabilidad del hecho, y declaró que su intervención había sido indispensable para resguardar la honorabilidad de su hotel. Pedí majestuosamente la cuenta. Nuestro anfitrión nos la subió con una majestuosidad igual a la nuestra. ¡Qué suerte que el digno hotelero haya sido tan susceptible respecto al honor de su hotel, Madame! Por veinticuatro horas, la cuenta ascendía ya a doscientos cincuenta francos. Soltamos alaridos.


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