De Paris a Cadiz

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Y diciendo estas palabras, el eremita se puso de rodillas, rogando a Dios que le indicara la penitencia que imponía al rey. Entonces le fue revelado por Dios que Rodrigo debía encerrarse en una tumba con una culebra viva, y que Rodrigo debía aceptar aquello con paciencia por el mal que había hecho. El eremita, muy gozoso, regresó hacia don Rodrigo y le dijo lo que Dios ordenaba. Y don Rodrigo dijo: «Hágase la voluntad de Dios».

Se acostó pues en una tumba con una culebra a su lado. Y el tercer día el eremita fue a verlo. «¿Cómo os encontráis de vuestra compañía?», preguntó al rey.

—Hasta el momento no me ha tocado, porque Dios, sin duda, no lo ha querido, dijo Rodrigo. Pero ruega por mí, hombre santo, para que me toque y yo termine bien mi vida.

El eremita rezó, y tres días después volvió otra vez.

—¿Y bien? —dijo.

—¡Y bien! —dijo Rodrigo—, Dios ha tenido piedad de mí, la culebra me está mordiendo.

El eremita lo alentó, y el rey Rodrigo murió de la mordedura de la culebra.


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