El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Los municipales ya estaban acostados en sus catres del corredor.

Por un instante todo fue calma y silencio en la habitación; luego, una puerta giró dulcemente sobre sus goznes y una sombra se aproximó a la cabecera de la reina: era su hermana.

—¿Habéis comprendido las señales? —preguntó.

—Sí —contestó la reina—, y no puedo terminar de creérmelas.

—Repitamos los signos.

—Al principio se ha tocado el ojo para indicarnos que había una novedad; luego, se ha pasado la servilleta del brazo izquierdo al derecho, lo que quiere decir que se ocupa de nuestra liberación; después se ha llevado la mano a la frente, en señal de que la ayuda que nos anuncia viene del interior y no del extranjero. Más tarde, cuando le he dicho que no se olvidara de la leche de almendras para mañana, ha hecho dos nudos en su pañuelo; así que se trata del caballero de Maison-Rouge. ¡Noble corazón!

La reina pidió a su hija que rezara por el caballero y durante cinco minutos se escuchó la plegaria de la princesa en el silencio de la habitación.

Este era justo el momento en que, bajo la indicación de Morand, se daban los primeros golpes de piqueta en la casita de la calle Corderie.


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