El caballero de la casa roja

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La reina se estremeció y miró a Turgy, que estaba frente a ella y se tocaba el ojo con la mano derecha.

La reina ocupó su sitio en la mesa y no perdió de vista al sirviente, cuyos gestos eran tan naturales que no podían inspirar ninguna desconfianza a los municipales.

Terminada la cena se recogió el servicio con las mismas precauciones que se había colocado: las más pequeñas migas de pan fueron recogidas y examinadas.

Se retiró Turgy y a continuación lo hicieron los municipales, pero se quedó la señora Tison.

Esta mujer se había vuelto feroz desde que se la había separado de su hija, cuya suerte ignoraba por completo. Tantas veces como la reina abrazaba a la princesa le entraban accesos de rabia que parecían locura; de manera que la reina, cuyo corazón comprendía estos dolores de madre, se detenía a menudo en el momento en que iba a procurarse este consuelo de apretar a su hija contra su pecho, el único que le quedaba.

Tison llegó a buscar a su esposa, pero ella dijo que no se retiraría hasta que no estuviera acostada la viuda Capeto.

La hermana de la reina pasó a la habitación de al lado, mientras María Antonieta y su hija se desnudaban y se acostaban; entonces, la señora Tison tomó la bujía y salió.


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