El caballero de la casa roja

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Capítulo XIX

Morand parecía haber recuperado su espíritu brillante, y dijo mil locuras con la más imperturbable seriedad. Habló luego de sus múltiples viajes por el mundo a causa de su negocio de pieles: conocía Egipto como Herodoto, África como Levaillant, y la Opera y los salones como un petimetre. Maurice estaba asombrado de sus conocimientos, y Morand le aseguró que no hacía sino prepararse para la vida de placer que pensaba llevar cuando fuera rico.

—Usted habla como un viejo, ¿qué edad tiene?

Morand se estremeció ante una pregunta tan natural.

—Treinta y ocho años.

Luego, al señalar Maurice que había viajado mucho, Morand confesó que había pasado una parte de su juventud en el extranjero, lo había visto todo menos dos cosas: la primera era Dios, y la segunda un rey.

—Debería haber visto usted al último —dijo Maurice—; hubiera sido conveniente.

—Resultado: que no me hago la menor idea de una frente coronada; debe ser muy triste, ¿no?

—Muy triste, en efecto; se lo digo yo que veo una casi una vez al mes.

—¿Una frente coronada? —preguntó Geneviève.

—Al menos ha llevado el pesado y doloroso fardo de la corona.


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