El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —¡Ah! SÃ, la reina —dijo Morand—. Tiene razón; debe de ser un lúgubre espectáculo.
—¿Es tan hermosa y altiva como se dice? —preguntó Geneviève.
—¿No la ha visto usted nunca? —preguntó a su vez Maurice.
—¿Yo? Nunca.
—En verdad, es extraño.
—¿Por qué es extraño? Hemos vivido en provincias hasta el noventa y uno; después, en la calle Saint-Jacques, que se parece mucho a la provincia, si no es porque jamás tiene sol, ni aire, ni flores. Usted conoce mi vida, ciudadano Maurice: siempre ha sido igual; ¿cómo quiere que haya visto a la reina? Nunca se me ha presentado la ocasión.
—Y creo que no la aprovechará cuando, desgraciadamente, se le presente —dijo Maurice.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Geneviève.
—El ciudadano Maurice hace alusión a algo que no es un secreto —replicó Morand—: La posible condena de Mana Antonieta y la muerte en el mismo cadalso que su marido.
—Confieso que, sin embargo, me hubiera gustado ver a esta pobre mujer —dijo Geneviève.
—Veamos —dijo Maurice—. ¿Lo desea usted de verdad? Si es asÃ, sólo tiene que decir una palabra.