El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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—¿Usted podría conseguir que yo viera a la reina? —exclamó Geneviève.

—Nada más simple. Se desconfía de algunos municipales; pero yo he dado suficientes pruebas de mi devoción a la causa para no estar entre ellos. Por otra parte, las entradas al Temple dependen de los municipales y los jefes de puesto conjuntamente. El Jefe de puesto es mi amigo Lorin. Bien, venga a buscarme al Temple el día que yo esté de guardia, es decir, el jueves próximo.

Geneviève se negó a aceptar, alegando que no quería exponer a Maurice a algún conflicto desagradable, y que si le sucedía algo por un capricho suyo, no podría perdonárselo jamas. Morand era de la misma opinión que Geneviève.

—Se diría que está usted celoso, Morand, y que no habiendo visto nunca un rey o una reina, no quiere que los otros lo vean. No discutamos más, forme parte del grupo —y como Morand, pese a todo, se negara, añadió—: Ahora no es la ciudadana Dixmer quien desea ir al Temple; soy yo quien le pide, lo mismo que a usted, que venga a distraer a un pobre prisionero. Porque una vez cerrada la puerta, soy tan prisionero como lo sería un rey —apretó con sus pies el pie de Geneviève, y dijo—: Venga, se lo suplico.


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