El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Salió de su habitación, descendió los cuatro pisos como si tuviera alas en los pies y corrió a casa de la diosa Razón, a la que encontró bordando su traje de divinidad. Lorin le contó lo que ocurría y le preguntó quién era la florista, pero la joven contestó que no podía decírselo.

—Diosa, a usted nada le es imposible.

—Estoy comprometida por mi honor a guardar silencio.

Lorin insistió, explicándole que su cabeza y la de Maurice estaban en juego; pero la joven se mantenía firme en su decisión. En ese momento, el asistente de Lorin se precipitó en la habitación gritando:

—¡Ciudadano, sálvate, sálvate! La policía se ha presentado en tu casa; mientras echaban abajo la puerta, yo he pasado a la casa vecina por el tejado y he corrido hasta aquí para avisarte.

Artemisa lanzó un grito terrible, y Lorin aprovechó su confusión para que le confesara el nombre de la falsa florista, que se llamaba Héloïse Tison y vivía en el número 24 de la calle Nonandieres.

Al oír el nombre, Lorin lanzó un grito y salió a toda prisa. Todavía no había alcanzado el final de la calle cuando llegó una carta a casa de Artemisa. La misiva contenía estas líneas:


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