El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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—¿Cuántos hombres? —dijo Lorin—. Espero que Maurice y yo nos bastaremos; ¿no crees, Maurice?

—Sí —balbució este—; seguro que nos bastaremos.

—Escuche —dijo el hombre de la policía—, nada de fanfarronerías. ¿Le podrán detener?

—¡Pardiez! ¡Que si le podremos detener! ¡Ya lo creo! ¿No es cierto, Maurice, que necesitamos detenerle?

Lorin hizo hincapié en esta palabra. Un principio de sospecha comenzaba a planear sobre ellos y no se podía dejar que tomara gran consistencia. Lorin comprendía que nadie se atrevería a dudar del patriotismo de dos hombres que conseguían detener al caballero de Maison-Rouge.

El policía era partidario de que entraran el mayor número posible de hombres, ya que el caballero siempre tenía sus armas dispuestas.

—¡Pardiez! —dijo un granadero—. Entremos todos y no demos la preferencia a nadie; si se rinde, le conservaremos para la guillotina; si se resiste, le acuchillaremos.

—¡Bien dicho! —exclamó Lorin—. ¡Adelante! ¿Pasamos por la puerta o por la ventana?


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