El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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—Por la puerta —dijo el policía—. Quizá dé la casualidad de que tenga puesta la llave; mientras que si entramos por la ventana, habrá que romper algunos cristales, con el consiguiente ruido.

—Vamos por la puerta —dijo Lorin—. El caso es entrar, poco importa por dónde. Vayamos sable en mano, Maurice.

Maurice desenfundó el sable maquinalmente y la pequeña tropa avanzó hacia el pabellón. La llave se encontraba en la puerta, y Lorin la hizo girar con suavidad; la puerta se abrió. El policía dijo que, si sus informes eran exactos, se encontraban en la habitación de la ciudadana Dixmer. Lorin propuso encender unas velas.

—Encendamos antorchas —dijo el policía—; no se apagan como las velas.

Y cogió de manos de un granadero dos antorchas que encendió en la chimenea y entregó a Maurice y Lorin. Avanzaron por el corredor y abrieron la puerta del fondo, encontrándose frente a la puerta del apartamento del caballero. Lorin observó que la puerta estaba cerrada con llave. El policía ordenó a los granaderos que derribaran la puerta.

Cuatro hombres levantaron las culatas de sus fusiles, y a una señal del policía, golpearon al unísono: la puerta voló en pedazos.

—¡Ríndete o eres hombre muerto! —exclamó Lorin, penetrando en la habitación.


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