El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Capítulo XXXII

Maurice se estremeció y señaló hacia la calle Saint-Jacques.

—¡Fuego! —dijo—. ¡Fuego!

Maurice temía que Geneviève hubiera vuelto y confirmó a su amigo que la joven y la señora Dixmer eran la misma persona.

—Lorin —dijo—, es necesario que la encuentre, tengo que vengarme.

—¡Oh! ¡Oh! —dijo Lorin.

Amor, tirano de dioses y mortales.

No es sólo incienso lo que necesitan tus altares.

—Me ayudarás a encontrarla, ¿verdad, Lorin?

—¡Pardiez! Eso no será difícil. Tú debes saber cuáles son sus amigos más íntimos; ella no habrá abandonado París todos ellos tienen el prurito de quedarse aquí; se habrá refugiado en casa de algún amigo, y mañana recibirás una nota concebida en estos términos:

Si Marte quiere volver a ver a Citérea

que se ponga a la noche su fajín azulado.

»Y que pregunte al portero del número tal, de tal calle, por la señora Tres-Estrellas».

Maurice levantó los hombros; él sabía que Geneviève no tenía en donde refugiarse.


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