El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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—Lorin, me parece que tienes razón, pero estoy atado, me deslizo por la pendiente. Abandónate, Lorin, será lo mejor.

—¡Jamás!

—Entonces, déjame amar, estar loco, ser un criminal quizá; porque, creo que la mataré, si vuelvo a verla.

—O caerás a sus pies. ¡Ah! Maurice, enamorado de una aristócrata. Jamás lo hubiera creído.

—¡Basta, Lorin, te lo suplico!

—Maurice, yo te curaré o que el diablo me lleve. No quiero que ganes en la lotería de santa guillotina, como dice el carnicero de la calle Lombards. Ten cuidado, Maurice, vas a exasperarme. Vas a hacer de mí un bebedor de sangre; necesito prender fuego a la isla de San Luis: ¡Una antorcha, una tea!

Mais non, ma peine est inutile.

À quoi bon demander une torche, un flambeau?

Ton feu, Maurice, est assez beau,

pour embraser ton âme, et ces lieux, et la ville[16].

Lorin trató de convencer a su amigo para que fuera razonable, y le dijo que estaba dispuesto a cualquier sacrificio para salvarle.

—Gracias, Lorin; pero el mejor medio de consolarme es saturarme de mi dolor. Adiós; vete a ver a Artemisa. Yo vuelvo a mi casa.


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