El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —Si viviéramos en una temperatura de invernadero, te dirÃa: querido Maurice, eso es elegante, está muy bien; seamos un poco aristócratas de vez en cuando; pero nos cocemos a treinta y cinco o cuarenta grados de calor; de manera que, cuando sólo se es tibio, debido a este calor, se parece frÃo; y cuando se es frÃo, se resulta sospechoso; tú lo sabes, Maurice; y cuando se es sospechoso, tú tienes la suficiente inteligencia para no ignorar lo que se es enseguida, o mejor aún, lo que ya no se es nunca.
—Entonces, que se me mate y termine esto —exclamó Maurice—. Estoy harto de la vida.
—No ha transcurrido tiempo suficiente, desde hace un cuarto de hora, para que te deje hacer tu voluntad —dijo Lorin—. Además, hoy es preciso morir como republicano, y tú morirÃas como aristócrata.
—Vas demasiado lejos, amigo mÃo —dijo Maurice.
—Iré más lejos aún; y te prevengo que si te haces aristócrata…
—¿Me denunciarás?
—No; te encerraré en una cueva y diré que los aristócratas, sabiendo lo que les reservabas, te han secuestrado, martirizado y hecho pasar hambre; de manera que, cuando se te encuentre, serás coronado de flores.