El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Maurice dio algunos pasos hacia el puente. Su amigo le preguntó si pensaba quedarse cerca de la antigua calle Saint-Jacques por ver el sitio donde vivÃa Geneviève.
—No; quiero ver si ha vuelto adonde sabe que la espero. ¡Oh, Geneviève, no te hubiera creÃdo capaz de semejante traición!
—Maurice, un tirano que conocÃa bien al bello sexo, pues murió por amarle demasiado, decÃa:
Souvent femme varie,
bien fol est qui s’y fie[17].
Maurice lanzó un suspiro, y los dos amigos tomaron el camino de la antigua calle Saint-Jacques. A medida que se acercaban escucharon un gran alboroto, vieron aumentar la claridad y oyeron cantos patrióticos, que, a plena luz del dÃa, a pleno sol, en la atmósfera de la batalla parecÃa himnos heroicos pero por la noche, en el resplandor del fuego, dio un énfasis canÃbal borracho melancólico.
—¡Oh! ¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! —dijo Maurice olvidando que la palabra Dios fue abolida.
Lorin mirando el espectáculo, y murmuró entre dientes:
Amour, amour, quand tu nous tiens:
On peut bien dire adieu prudence[18].