El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Parecía que todo París se hubiera concentrado en el teatro de los acontecimientos. A medida que se aproximaba, Maurice aceleraba el paso. Lorin le seguía Con dificultad, pero no quería dejar solo a su amigo en semejante momento.

Todo estaba casi acabado: desde el cobertizo, el fuego había pasado a los talleres, y la casa comenzaba a arder.

Maurice pensó que ella podía haber vuelto y estar, en medio de las llamas, esperándole, llamándole. Y se lanzó, con la cabeza gacha, a través de la puerta que entreveía en la humareda. Lorin le siguió.

El techo ardía y el fuego comenzaba aprender en la escalera. Maurice, anhelante, recorrió todo el primer piso llamando a Geneviève, pero nadie le respondió.

Maurice recorrió toda la casa, habitación por habitación, bajando incluso hasta a las bodegas; pero no encontró a nadie.

—¡Pardiez! —dijo Lorin—. Ya ves que nadie permanecería aquí a excepción de las salamandras, y no es ese animal fabuloso lo que tú buscas. Vamos, preguntaremos fuera, quizá la haya visto alguien.


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