El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Entonces comenzaron las investigaciones; recorrieron los alrededores, deteniendo a las mujeres que pasaban, pero sin resultado. Era la una de la mañana y Maurice, pese a su vigor atlético, estaba deshecho por la fatiga: por fin renunció a su búsqueda, y Lorin detuvo un coche de alquiler.

—Hemos hecho todo lo humanamente posible para encontrar a tu Geneviève —dijo Lorin—. Estamos derrengados; subámonos al coche y vayámonos cada uno a su casa.

Llegaron hasta la casa de Maurice sin cambiar palabra. En el momento en que Maurice bajaba del coche, oyó cerrarse una ventana de su apartamento. El joven llamó a la puerta, y cuando esta se abrió dijo Lorin:

—Buenas noches; mañana espérame para salir.

Maurice se despidió de su amigo, entró en la casa y se enteró por su criado de que una mujer le estaba esperando; pensó que se trataría de alguna vieja amiga y dijo que se iría a dormir a casa de Lorin.

—Imposible; ella estaba en la ventana y le ha visto llegar.

—¡Y qué importa que sepa que estoy aquí! Sube y dile que se ha equivocado.

—Ciudadano, hace mal; la señora estaba muy triste, y esto la va a desesperar.

—Pero bueno, ¿quién es esa mujer?


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