El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —Ciudadano, no he visto su cara; está envuelta en una capa y llora; eso es todo lo que sé.
—Llora —repitió Maurice—. Entonces hay alguien en el mundo que me ama lo suficiente para inquietarse por mi ausencia hasta ese punto.
Subió lentamente hasta la habitación y vio al fondo del salón una forma palpitante que se ocultaba el rostro. Hizo una seña a su criado para que saliera, y este obedeció cerrando la puerta.
Maurice se acercó a la joven, que levantó la cabeza.
—¡Geneviève! —exclamó—. ¿Estoy loco?
—No, amigo mÃo, está usted en su sano juicio —respondió la joven—. Le he prometido ser suya si salvaba al caballero de Maison-Rouge. Usted le ha salvado y aquà estoy. Le esperaba.
Maurice confundió el sentido de estas palabras y retrocedió un paso, mirando tristemente a la joven.
—Entonces, ¿usted no me ama?
Las lágrimas velaron la mirada de Geneviève. Ella volvió la cabeza y, apoyándose en el sofá, estalló en sollozos.
—Está claro que usted no sólo no me ama, sino que me odia por desesperarla asÃ.
Geneviève se enderezó y le tomó la mano, tachándole de egoÃsta.
—¿EgoÃsta? ¿Qué quiere usted decir?