El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Un hermoso sol penetraba a través de las persianas verdes y doraba las hojas de tres grandes rosales plantados en unas cajas de madera que había en la ventana de Maurice. Estas flores perfumaban un comedorcito, con una mesa servida, a la que acababan de sentarse Maurice y Geneviève. La puerta estaba cerrada, porque la mesa contenía todo lo que necesitaban los comensales.
Geneviève dejó caer en el plato una fruta dorada que sujetaba entre sus dedos, y soñadora, sonriendo con los labios mientras sus grandes ojos languidecían de melancolía, permaneció silenciosa. Luego, sus ojos buscaron los de Maurice, que estaban fijos en ella. Geneviève pasó su brazo por el hombro del joven y apoyó en él su cabeza con confianza y abandono.
Maurice sólo tenía que inclinar ligeramente la cabeza para apoyar sus labios en los labios entreabiertos de su amante.
Él inclinó la cabeza; Geneviève palideció y sus ojos se cerraron. Permanecieron así hasta que les sobresaltó el sonido agudo de la campanilla. Se separaron y entró el criado para anunciar que había llegado Lorin. Maurice dijo que iba a despedirle, y Geneviève le retuvo.
—¿Despedir a su amigo, Maurice? ¿A un amigo que le ha consolado, ayudado y sostenido? Que entre, Maurice.