El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —¿Cómo, usted permite?… —dijo Maurice.
—Yo lo quiero —dijo Geneviève.
Geneviève tendió su frente al joven; Maurice abrió la puerta, y entró Lorin, que al ver a Geneviève manifestó sorpresa, para expresar enseguida un respetuoso saludo.
—Lorin, ven y mira a la señora —dijo Maurice—. Estás destronado. Hubiera dado mi vida por ti, por ella he dado mi honor.
—Señora —dijo Lorin—, trataré de querer a Maurice más que usted para que él no deje de quererme.
—Siéntese, señor —dijo Geneviève sonriendo.
—SÃ, siéntate —dijo Maurice, quien, teniendo la mano cerrada a la derecha de su amigo, dejó a su señora, tenÃa que llenar el corazón de toda la felicidad que el hombre puede aspirar en la tierra.
—¿Asà que ya no quieres morir? ¿Ya no quieres suicidarte?
—¿Cómo es eso? —preguntó Geneviève.