El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —¡Oh! ¡Dios! —dice Lorin—, ¡el hombre es un animal versátil, y al que los filósofos tienen buenas razones para despreciar a su ligereza! ¡Aquà está uno! ¿Lo cree, señora? Anoche, saltando en el agua, declaró que no habÃa ninguna felicidad posible para él en este mundo, y he aquà que lo he encontrado esta bonita mañana, feliz, sonrisa en los labios, la felicidad en el frente, vive en el corazón, delante de una mesa bien servida y bien es cierto que no come, pero eso no prueba que esté enfermo.
—¿Cómo?, —dijo Geneviève—, ¿querÃa hacer todo esto?
—Todo esto, y muchas otras cosas, te lo diré más adelante, pero por ahora estoy muy hambriento, es culpa de Maurice, que me hizo correr todo el distrito de Saint-Jacques ayer por la noche. PermÃtanme coma de su almuerzo, que veo no ha tocado.
—¡Tiene razón! —exclamó Maurice con una alegrÃa infantil—. ¡Almorcemos! Yo no he comido, y usted Geneviève, por lo que veo tampoco.
Lorin se sorprendió al oÃr este nombre.
—¡Ah! ¡SuponÃa que habÃas adivinado que era ella! —dijo Maurice.
—¡Por supuesto! —Lorin respondió cortando una gran rebanada de jamón blanco y rosa.
—Yo también tengo hambre, —dijo Geneviève, tendiendo su plato.