El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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El mismo día en que había ardido la casa de Dixmer, un rodar sordo había estremecido los adoquines del muelle y los vidrios de la prisión, cesando ante la puerta ojival, en la que golpearon unos guardias con el puño de sus sables; la puerta se abrió, el coche entró en el patio; y cuando los goznes volvieron a girar y se cerraron los cerrojos, bajó del coche una mujer. Pasó el primer portillo, en el segundo se golpeó en la cabeza contra una barra de hierro. Uno de los guardias le preguntó:

—Ciudadana, ¿se ha hecho daño?

—Ya no me hace daño nada —respondió ella tranquilamente.

Y pasó sin proferir ninguna queja, aunque se veía encima de su ceja la huella casi sangrante que le había dejado el golpe contra el hierro.

Enseguida se percibió el sillón del portero Richard que, convencido de su importancia, no se movió de su sitio pese a los ruidos que anunciaban la llegada de un nuevo huésped, limitándose a mirar a la prisionera, abrir un enorme libro de registro y buscar una pluma en un tinterito de madera negra. El jefe de la escolta le dijo que hiciera el asiento rápidamente, porque tenía prisa, y Richard contestó:

—No llevará mucho tiempo, porque, gracias a Dios, tengo la mano acostumbrada. ¿Tus nombres y apellidos, ciudadana?


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