El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Había comenzado a instruirse el proceso de la reina. No faltaban medios para hacer caer esta cabeza; no obstante, Fouquier-Tinville había decidido aprovechar los nuevos medios de acusación que Simon había prometido poner a su disposición.
Al día siguiente del encuentro de Simon y Fouquier en la antesala del tribunal, el general Hanriot, seguido de varios guardias nacionales, entraba al torreón del Temple donde languidecía el niño real. Al lado del general iba un escribano cargado con sus útiles de trabajo, y detrás de ellos el acusador público. Simon, sonriendo con aire falso, subió delante para indicar el camino a la comisión.
Llegaron a una habitación espaciosa y desnuda, al fondo de la cual, sentado en su lecho y perfectamente inmóvil, estaba el joven Luis.
El niño no levantó la cabeza cuando los comisionados se acercaron y se instalaron a su alrededor.
Algunos de los asistentes, que miraban al pequeño con cierto interés o curiosidad, observaron su palidez, su singular gordura, que no era otra cosa que hinchazón, y la endeblez de sus piernas, cuyas articulaciones empezaban a ponerse tumefactas.
—Este niño está muy enfermo —dijo el sargento, con una seguridad que hizo volverse a Fouquier-Tinville, sentado ya y dispuesto al interrogatorio.