El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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—¡Ah, eres tú, ciudadano Lorin! —dijo Simon, llamando así la atención de Fouquier sobre el amigo de Maurice.

Fouquier preguntó a Lorin si era médico, y el joven contestó que no, aunque sabía algo de medicina y encontraba hinchados los ojos y las mejillas del niño, las manos pálidas y delgadas, las rodillas entumecidas, y aseguró que su pulso sería de ochenta y cinco a noventa pulsaciones por minuto.

El niño permanecía insensible a la enumeración de sus sufrimientos.

—¿Y a qué puede atribuir la ciencia el estado del prisionero? —preguntó Fouquier.

—Ciudadano —contestó, Lorin—, no conozco lo suficiente el régimen del pequeño como para contestarte… Sin embargo…:

Philis veut me faire parler.

Je n’en ai pas la moindre envie[21].

Luego en voz alta:

—¡Por Dios!, ciudadano —replicó—. No sé lo suficiente sobre el estado del pequeño Capeto para responderte… Sin embargo…

Simon prestó atención y rio para sí al ver a su enemigo tan cerca de comprometerse.

—Sin embargo —continuó Lorin—, creo que no hace bastante ejercicio.


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