El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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En cualquier otra circunstancia, Maurice hubiera permanecido toda la noche junto a los patriotas que velaban por la salud de la República; pero, desde hacía una hora, el amor a la patria no era lo único que ocupaba su pensamiento. Continuó su camino, despreocupado de la noticia que acababa de conocer. Por otra parte, estas pretendidas tentativas de liberación se habían hecho tan frecuentes y los patriotas sabían que, en algunas circunstancias se utilizaban como medio político, que la noticia no le había inspirado gran inquietud.

Al llegar a su casa se acostó, durmiéndose rápidamente pese a la preocupación de su espíritu. Al día siguiente encontró una carta en su mesilla de noche; estaba escrita con una letra fina, elegante y desconocida; miró el sello, cuya divisa era una sola palabra inglesa: Nothin. (Nada). Abrió la carta y leyó:

¡Gracias! ¡Agradecimiento eterno a cambio de eterno olvido!

Maurice llamó a su criado; este se llamaba Juan, pero en 1792 había cambiado su nombre por el de Scevola.

—Scevola, ¿sabes quién ha traído esta carta?

—No; a mí me la ha entregado el portero.

—Dile que suba.


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