El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Cuando volvió en sí y miró a su alrededor, sólo vio callejuelas sombrías que se abrían a derecha e izquierda. Trató de recobrarse, pero su espíritu estaba turbado, la noche era sombría; la luna, que había salido un instante para iluminar el atractivo rostro de la desconocida, se había vuelto a ocultar entre las nubes. El joven, tras un momento de cruel incertidumbre, tomó el camino de su casa. Al llegar a la calle Sainte-Avoie le sorprendió la gran cantidad de patrullas que circulaban por el barrio del Temple.
Preguntó a un sargento qué sucedía y este le explicó que una patrulla, disfrazada con el uniforme de los cazadores de la guardia nacional y conociendo la contraseña, cosa que nadie podía explicarse, se había introducido en el Temple con intención de liberar a la Capeto y toda su nidada. Felizmente, el que hacía de cabo había llamado señor al oficial de guardia, descubriéndose a sí mismo como aristócrata. No había sido posible arrestarlos: la patrulla había escapado hasta la calle, dispersándose. El jefe, un tipo delgado, había huido por una puerta trasera que daba a las Madelonnettes.