El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja El portero se llamaba Arístides y subió porque le llamaba Maurice, muy apreciado por todos los criados con los que tenía relación, pero declaró que, si se hubiera tratado de otro inquilino, le hubiera dicho que bajara.
A las preguntas de Maurice, el portero contestó que la carta la había llevado un hombre a las ocho de la mañana. El joven pidió a Arístides que aceptara diez francos y le rogó que siguiera disimuladamente al hombre si volvía a presentarse.
Para satisfacción de Arístides, un poco humillado por la proposición de seguir a un semejante, el hombre no apareció.
Maurice se quedó solo; arrugó la carta y se quitó el anillo del dedo, dejándolo todo sobre la mesilla de noche. Trató de volver a dormir, pero al cabo de una hora volvió de su acuerdo, besó el anillo y releyó la carta. En ese momento se abrió la puerta; Maurice se puso el anillo y ocultó la carta bajo la almohada.
Entró un hombre joven vestido de patriota, pero de patriota superelegante. Su casaca era de paño fino, el calzón de casimir y las medias de seda fina. En cuanto a su gorro frigio, hubiera hecho palidecer, por su forma elegante y su bello color púrpura, al del mismo París.